BODA VIKINGA EN LA FINCA LAS BUENAS COSTUMBRES, ÁVILA, SIERRA DE GUADARRAMA
Hay bodas que dices: esto solo podía ocurrir con esta gente.
Un fin de semana pensado a su medida, y de toda la gente que habían reunido alrededor. Manualidades, juegos de mesa, una piscina, fútbol, muchas más manualidades, paseos por la montaña…
Había familias llegadas de distintos lugares, idiomas y acentos mezclándose en las conversaciones, abrazos largos de quienes llevaban tiempo sin verse y esa sensación bonita de cuando personas muy diferentes consiguen sentirse parte de una comunidad.
A los pies de un lago, rodeados por montañas, y con un cielo que no sabíamos si rompería a llover o no, la ceremonia tuvo algo difícil de explicar. No era teatral ni solemne en exceso. Se sentía sincera. Había hidromiel durante la ceremonia, humo de incienso entre quienes recordaban con ofrendas a los antepasados, miradas muy cargadas de lágrimas recordándoles. El perro, bastante desconcertado por momentos, parecía preguntarse dónde estaba exactamente su persona favorita, hasta que la encontró.
Consiguieron que todo el mundo entre en la historia. Aquí nadie estaba mirando desde fuera. Todos estaban dentro, conectados, literalmente, por un hilo rojo.
Después llegó el banquete, más hidromiel, las conversaciones largas de sobremesa y los brindis que parecían abrir diez historias nuevas cada vez que alguien cogía una copa.
Y entonces pasó algo completamente inesperado: sables láser.
De repente había adultos coreografiando una verdadera batalla de sables. Son de esos momentos que, si los intentaras explicar antes de la boda, pierden todo el factor sorpresa. ¡Y vaya que si fue una sorpresa para todos!
Preparativos con esencia
Los preparativos fueron una auténtica pasada. Él se preparó rodeado de su círculo más cercano, y el maquillaje fue un puntazo: sutil pero con detalles que le daban un aire guerrero, en perfecta sintonía con la temática vikinga. Los accesorios no se quedaron atrás: brazaletes de cuero, anillos de calavera, colgantes rúnicos y una capa impresionante que parecía sacada de una saga nórdica de televisión.
Cada elemento contaba una historia, y ver cómo todo cobraba forma fue increíble. Capturar esos momentos de complicidad, nervios y risas fue un privilegio.
Ritual nórdico en las montañas
El corazón de la celebración fue un ritual vikingo lleno de simbolismo. Rodeados por gigantes de piedra y bajo un cielo inmenso, cada palabra, cada gesto resonaba con fuerza. La conexión con la naturaleza era total. Los asistentes no solo presenciaron una ceremonia, sino que la vivieron intensamente.
Como fotógrafo de boda documental, mi objetivo fue captar la esencia de esos momentos. Las miradas emocionadas y de reproches divertidos, las manos entrelazadas, los brindis (sí, durante la ceremonia, son vikingos, recordad), el perro que echaba de menos a su guía, el incienso llenando la sala, las ofrendas a los antepasados… Todo formaba parte de una narrativa visual que buscaba inmortalizar la magia de ese día.
Sables láser y bailes épicos
Luego del banquete y una comida riquísima, brindis llenos de risas y conversaciones que no querías que acabar, llegó algo que nadie se esperaba, ¡el momentazo Star Wars! Bailar con sables láser fue brutal. Los invitados fliparon, y yo, cámara en mano, capturé cada segundo de ese show épico.
Y cuando la música arrancó, ¡boom! La pista de baile se llenó de energía. Saltos, abrazos y bailes desatados. La fiesta fue un torbellino de alegría, y ahí estuve yo para inmortalizarlo todo.
Skål!
